De vuelta, la palabra, el mundo

Entonces, al comprender a este sucio animal, reconocí la pureza y cristalinidad del espejo, y me aterré tanto que corrí, huí inmediatamente de aquel lugar… y nunca más volví a escribir. Desde entonces dediqué mis días a un oficio con mucho más saludable, pues traficar pieles, armas y esclavos negros resulta más alentador que sondear en las inimaginables aguas del solsticio de cobre, azufre y muéganos gástricos de la terrible escritura, escrotura, costura, rotura, hendidura.

Así, Arthur Rimbaud habría enterrado, de una vez y para siempre, el violento cambio del color de la letra.

Un razonamiento: Todos los niños se van al cielo. Un absurdo: bien, dime: ¿cómo es que esto sucede?. Un disparate: Yo vi, acompañado de Virgilio, la dulzura de los cielos y el agrio poder de los infiernos. Nefando: Viva México.

Ahí estoy, nuevamente: las paredes rosas, los vapores de mi habitación, como humo de las calderas de la ex–tinta fundidora, con su sabor dulzón, como el olor de la carne quemada en los hornos de Auschwitz, y la frontera entre el palmo intelectual desprovisto de razonamientos, en su estado más puro, y la gracia de las moradas teresianas, tan iguales al pasmo cartesiano, sueño inalcanzable del Dr. Freud y cuna de la alta demencia de su alumno detractor, el Dr. Jung. Estoy ahí, justo en donde ambos caminos se borran, donde las agujas se desorbitan por no encontrar el norte, menos aún atisbar lontananza. Aquí, en la encrucijada de la más espantosa X generacional, ya sin prisas, ya sin prosas, pero sin decepciones; con el fracaso de toda una vida, y sin pesadumbre en lo absoluto. Pienso en la profunda tristeza que debió cansar al Dr. Witttgenstein no encontrar fin al tiempo, urgente por depositar sus escritos, angustiosas cartas que moldearían el más perfecto de los tratados de lógica. Su perfección radica precisamente en su sinsentido, y no es sinsentido porque sus razones se contrapongan. No. En absoluto. Hablemos de sinsentido a la manera de los vedantas: "En un principio, cuando nuestros antepasados no hablaban..."; pensemos en ese sinsentido como fuera de toda verificación: el absurdo de la filosofía. Lo insólito: la memoria antes del lenguaje. In principio erat verbum. Con mayor precisión: Εν άρχή ήν ό λόγος.

Acaso Juan haya roto, sin pensarlo, la virtud de la miseria humana. Si el verbo se hizo carne no es incumbencia nuestra. Sí nos es dado saberlo, pero no es nuestra obligación concebirlo como propio, mucho menos si se adoptan inclinaciones religiosas o pretensiones institucionales.

He estado justo a punto de mostrar con claridad lo que hay detrás de este velo, pero aún falta una cosa. Haciendo paráfrasis de un aforismo de Ludwig Wittgenstein, imaginemos que usted, lector, narra los acontecimientos del día de campo que vivió el domingo, y le está contando a un niño cómo jugaba usted a la pelota con un amigo. Explica entonces que, justo cuando estaba a punto de lanzar la pelota ocurrió algo (tronó el cielo, por ejemplo) y con un ademán se ayuda para explicar con mayor precisión ese "...a punto de lanzar la pelota...". Nos detenemos en ese preciso instante: no es la posición, por exacta que la represente histriónicamente, lo que se entenderá como "... a punto de lanzar la pelota..."; no es, siquiera, el gesto facial, casi congelado, de un esfuerzo decisivo –habrá de haberse explicado al niño que se encontraban en la novena entrada baja, un empate 6-6, 3 bolas, dos strikes, casa llena y el cuarto bat a la caja… el problema puede deberse más bien a una intención.

Y se trata, así, de una intención tan aguda que no solo parece pasarse del imaginario a la realidad, sino que efectivamente lo hace: no importa si está o no en el momento y lugar del lance de la pelota; tampoco si trae puesto su uniforme del equipo al que pertenece: la verdadera importancia, la médula de la proposición, está en la intención –una intención con intensión- de lanzar la bola. Se ha abierto un mundo adentro de otro mundo; se inventa un lugar en la tabula rasa de ese niño que ahora comprende y hace suya la emoción del baseball.

Aunque la intención puede deberse de modo muy parcial, al estilo de simular que se dispara un arma de fuego por extender el pulgar y el índice en forma de escuadra y flexionar el índice al tiempo de hacer una mueca, eso que no se ve constituye el gérmen de la vivencia –o de su memoria, que aunque tiene una finalidad similar no es, ni por mucho, lo mismo; de eso hablaré un poco más adelante. Eso que no se ve es justamente el lugar que le pertenece a la obra de arte –fuera de todo asunto institucional, es decir, centrado en el carácter simbólico y antropológico, quizá hasta filosófico, de la obra de arte. El gesto como acto dador; el gesto que lleva, forma y desarrolla: el gesto que gesta.

La memoria, por el contrario, consiste en traer de vuelta un suceso o una vivencia. Si bien la etimología, en el griego, nos lleva hasta Μνημοσύνη (Mnemosine), en latín el acto de recordar dice, por el contrario, otra cosa: recordari, regresar al corazón. Sabemos que la ciencia moderna demostró que la memoria es un acto cerebral y no cardiaco; sin embargo también sabemos que los recuerdos se almacenan en función de lo que los sentidos forjaron en el momento de la vivencia y sus comparaciones con eventos análogos. Esto es, recordamos más por eventualidades psíquicas que por meros datos como fechas, lugares, nombres. La memoria es simbólica y sensual; sin embargo y en definitiva, la memoria es cerebral. El recuerdo altera la percepción de lo vivido en virtud de un estado psíquico y hasta volitivo. Y así mismo el recuerdo se extrae mucho más de modo sensible que formal-lógico. No obstante, sí es necesario que algo articule ese recuerdo; es decir, resulta imprescindible el dato.

En sus crónicas, un personaje habla de una anécdota que le resultó difícil traer al presente, y esa dificultad consistió en que su recuerdo estaba profundamente guardado en esa zona inaccesible a fuerza de carencia de mundo: cuando este personaje era un infante aún de brazos, unos familiares cercanos adoptaron, por su parte, a otro niño, acordando en consenso conyugal no decirle nada al recién adoptado al respecto de su situación. En cierta ocasión dos personas de la misma familia discutían al respecto de las ventajas y desventejas de callar el acontecimiento. Una de ellas era la madre del cronista, y este se encontraba en sus brazos, antes de que la edad le permitiera articular palabra, mucho menos, si estamos de acuerdo con San Agustín, de comprender un diálogo más o menos complejo, pero fuera de toda posibilidad para este bebé. Pasan 22 años, y justo una mañana, cuando estaba a punto de rayar el alba, estese despertó sobresaltado, se dirigió al dormitorio de su madre y a modo de reclamo le preguntó: "¿Porqué nunca me dijiste que aquel niño fue adoptado? En el principio fue el recuerdo. In principio erat recordare. Εν άρχή ήν ό μνήμη. Entendemos, entonces, el recuerdo como el lugar en el que bullen como piedras en un río de lava, brotando y sumergiéndose caprichosamente a esa superficie que tenemos como el dominio lingüístico. Pero en este caso el recuerdo no es en sí mismo un recuerdo, es más bien una recreación de lo que jamás pasó. El absurdo brota inmediatamente a los ojos del lógico, pero es simple a la vista de la sensación: de ahí la profunda importancia de la estética como experiencia y como representación, ya que representar es recordar sin haber vivido.