La historia de sí

Oh Mensch! Gieb Acht!

Was spricht die tiefe Mitternacht?

Ich schlief, ich schlief!

Auf tiefer Traum bin ich erwacht.

Die Welt ist tief,

und tiefer als der Tag gedacht.

Tief ist ihr Weh!

Lust: tiefer noch als Herzeleid.

Weh spricht: Vergeh!!

Doch alle Lust will Ewigkeit,

will tiefe, tiefe Ewigkeit.

 

F. Nietzsche, Also spracht Zaratustra[1]

 

Mucho profundizaríamos en la comprensión del comportamiento y el alma humanos si mirásemos la historia como algo que se repite y asimila a sí misma en sus personajes y eventos y que nunca es exactamente igual, sino que algo idéntico a sí mismo habla a través del correr del tiempo y la extensión del espacio en sus intervalos a veces completamente caprichosos a nuestro entendimiento. Esto significa que en tanto partícipes de una época y un lugar determinados nuestro compromiso es hablar con palabras propias, ver con la responsabilidad de estos, los mismos ojos, lo que otros han hablado y visto. Dicho de otro modo asumimos nuestro actuar en el mundo como humanos en circunstancias determinadas. Nada hay fuera de lo que nos hace personas. Y nada se repite a sí mismo. Desde que vemos la historia en los datos estamos muy lejos de lo que tendemos a entender como el conocimiento y la comprensión de la historia, ya que los datos son justamente eso que el término designa. La información es más un asunto político y ostensible que un arquetipo por y con el cual volcamos nuestra existencia. Lo primero se traduce en términos de progreso y perfeccionamiento, expansión de un poder actual o potencial, político o cultural, en la superficie de nuestros remolinos lingüísticos, mientras que lo último se basta a sí mismo: es el envés del nudo del corazón humano, ese atisbo que se deja entrever de lo huidizo, del insondable vacío que la filosofía ha perseguido desde sus inicios. Y si el resultado ha sido infructuoso significa que así debe ser y no de otro modo. Pues el fin de tal preocupación implicaría el fin mismo del hombre: la más humana finalidad. De ahí que la vida y la muerte sean, siempre, una preocupación, una desesperanza y un temblor. A lo cual brota, inevitable, la pregunta: ¿Hasta dónde nos conocemos? Por lo que cualquier respuesta exige, necesariamente, un riesgo y un compromiso indecibles.

Sí, ¿Qué dice que nos conocemos, que nos comprendemos y de qué manera se muestran este conocimiento y esta comprensión? La respuesta a tal pegunta no puede estar en los manuales escolares, ni formar parte de catálogo informativo alguno. Más aún: la respuesta no puede simplemente estar. Esto no significa que no haya respuesta en absoluto. El resultado argumental es, hasta cierto punto, tautológico. La respuesta, por así decirlo, queda en el hoyo que deja la pregunta. Pues la emisión de una da lugar a la otra: quien hace la pregunta esconde la respuesta. Y si esconde la respuesta no es por una traviesa intención: no es posible ver el propio ojo. Siempre es dialógico, dialéctico, especular. La pregunta es, entonces, la respuesta oculta. Y al igual que en la filosofía este transcurso dialéctico se muestra en el arte. El filósofo hace las veces del especulador como el artista hace las del exhibidor. Ambos sobre la misma superficie. De este modo solo se circunda el camino sin conocer el rumbo. Debe hablar el poeta. El instigador, el impostor, cuyas enigmáticas mentiras envuelven el alma humana como la embriaguez llena el aire de misterio, fantasía y placidez al tiempo que de desesperación, rispidez y terror. La ocasión de la poesía es el lugar del delirio, y es precisamente el delirio lo que nos salva de la barbarie como el salto cuántico salva al átomo de abandonar su materialidad. La historia, pues, no puede ser vista desde la historia. Tiene que reflectar su haber en la especulación filosófica: la reflexión. Y la reflexión de poco o nada sirve si no busca un puerto itinerante, su próxima estancia. El mundo, nuestro mundo, significa el lenguaje que con él se entreteje. Su causa y consecuencia. De otro modo estamos condenados a la miseria, destinados a continuar midiendo el carácter de nuestros signos en términos de una semántica abstrusa, enredada, lo cual obliga a desplazar nuestra preocupación al signo, no a lo que detrás de él crea y vuelve a crear el mundo.

A lo largo del haber humano la historia ha constituido un asunto verdaderamente complicado y arriesgado. Todo pueblo, todo espíritu social es alimentado por la historia que le reviste. Y el espíritu social mismo alimenta sus esperanzas en el dulce abrevadero que le brinda su formación. El pueblo es la historia de sí mismo, de igual manera que el arte es su propia historia. Desde esta perspectiva no se puede decir que hay historia verdadera o falsa. No se trata del dato en sí: se trata de lo que este desvela, y que es, hasta cierto punto, independiente del dato. Algo narra en el suceso. Y el suceso es tan fortuito como lo ha sido el pasar del águila a la derecha del oráculo a la hora de preguntar quién ganará la guerra de Troya, o que lloviera tras arrancar el corazón del sacrificado. Esta historia no puede ser, de ninguna manera, la historia institucional; mucho menos la pequeña narrativa. Esta historia es la exégesis del espíritu humano: esa que se repite sin tener que haber ocurrido. La que atraviesa sin tocar su oscuro origen, su nébula primigenia. “Hace tiempo, cuando nuestros antepasados no hablaban.”[2] ¿Deberemos creer que hubo quien pensara en esa posibilidad? ¿Quién se acuerda de cuando no hablaba aún? Someterlo a prueba sería tan necio como cuestionarse la existencia o inexistencia de Dios. Pero es posible pensarlo: esa es la historia que se trata aquí, la que da pie a este libro.

El hombre hace arte por y desde que es hombre. Su origen se pierde en el firmamento de su propia antigüedad. Sus modos y maneras, en toda la extensión de sus variedades, de Europa a Oceanía, del lejano Oriente a la América precolombina, persiguen, relativamente, una misma finalidad. Pero, como los lazos que forman un nudo, las manifestaciones de cada pueblo revisten un carácter único, una mirada que crea un mundo nuevo, diferente, del resto. Este libro nace de una profunda preocupación. Una pregunta que en principio no pretende responder brota, inevitable, a la superficie en las sombras de la noche, cuando la cultura parece haber olvidado ya los capítulos otrora vivos y hoy casi reducidos a un tenue velo de mitologías sin su característica original de profundidad. Mitología en el sentido y con la importancia que nuestra ciencia le otorga: una forma “menos desarrollada” de explicación del mundo. Mitología como un cuento infantil para distraer de las actividades cotidianas y aderezar la plática, una de las cien peguntas para sorprender al vecino; a lo mucho como pretexto para justificar que los niños aprenden algo en la primaria. No es posible mantener el carácter de nuestros símbolos mitológicos, pesados, punzantes, aniquilantes, que crean un pasmo como si se tocara la frente de la muerte con la frente propia, en el lugar que nuestra modernidad le ha asignado y que desde entonces ocupa.

Toda cultura encuentra en el corazón de su ímpetu el nudo de sus aspiraciones con –y contra- el sabor de la tierra que le alberga. Así nuestros antepasados (deberemos llamar así por fuerza geográfica a quienes poblaron esta tierra antes de la llegada de los occidentales) crearon un mundo cargado de sangre y vida, intensidad y muerte, repleto de un sentido que le guiaba en un hogar caprichoso y cruel. Caminaron por un oscuro sendero, del cual no obstante su desconocimiento se sabía llegar al trono, en virtud del cual danzaban con la avidez y furor de sus lúgubres arrebatos. Un perfecto mosaico mezcla de sangre y flor; esas increíbles composiciones formadas por troncos y cráneos que robaron el aliento a aquellos valientes soldados, esos crueles expresidiarios quienes se jactaban de haberlo visto ya todo. ¿Qué clase de terror debió calar hondo en estos gladiadores, cargados con armaduras de fierro, haber visto las orejas de los sacrificados como sostén de un elemento de toda esa composición que conocieran como Tzompantli? Y ¿a qué respondía toda la magnificencia de sus templos y construcciones, la vehemencia de sus danzas y rituales, de sus cantos y su profunda poesía con la barbarie del sacrificio y los accesos de antropofagia?[3] ¿No era esto una espantosa contradicción? ¿Qué sostenía, cómo operaba, esa dicotomía de vida y muerte, de civilización y salvajismo? Y haberse entregado a una vergonzante derrota, ¿no era un síntoma de decaimiento y cansancio? ¿o podría verse como el último de los sacrificios antiguos, la autoinmolación, el entregarse a la piedra sacrificial para gestar vida, una nueva vida? Pues de alguna manera tiene que simbolizarse la conversión de una raza en otra en el caso de Mesoamérica; y de aniquilamiento, desaparición definitiva, en el caso de Aridoamérica.

La cultura posee una característica difícil de entender: recupera repentinamente un rasgo que parecía olvidado, muerto. Y tal rasgo puede re-presentarse en formas variadas de su carácter original. Eso es la memoria de la cultura. O puede nunca haber olvidado ese carácter, pero haber permanecido latente bajo la superficie, brotar solamente en el momento adecuado, recordarse a sí misma, en la inercia de sus formas lingüísticas y las huellas de su habla, qué le mueve a seguir con vida. Pues una cultura que preserva su habla y su visión, aún esté muy escondida, no puede morir. Y en la médula de esta terrible preocupación nace la pregunta: ¿qué es el Mictlán? ¿porqué el canto y el atabal? ¿a qué viene que a la flor y el canto correspondan la sangre y la muerte?

En medio de estas especulaciones me encuentro cuando se yergue ante mi la imagen misma de lo terrible. ¿Qué puede hacer que la identidad dispersa del mestizo, el que no termina de definirse en tanto mexicano, busque un origen al parecer inexistente más bien que difuso, como si una voz le hablara que lo que fueron sus dioses, que el ahínco que exigían de los aborígenes, se presentase hoy, una vez más, pidiendo la misma sangre que antaño? ¿Cuál es el lugar del que tanto se habla en los códices, aquello que anhelaban sabiendo que no volvería jamás? No precisamente el punto geográfico, lo cual bien podría ser solamente restos de construcciones sin mayor importancia que uno más de los sitios arqueológicos menores. No. Me refiero justamente a lo que buscaba el prehispánico en eso que solo podía expresarse en términos de “Aztlán”. Pues el tesoro que constituye tal palabra es eso que hace vibrar al prehispánico: es el origen del cual se enorgullece y la finalidad que tanto anhela. Es eso que, una vez dejado atrás, se le recuerda como ese prado lleno de las más exquisitos frutos, lugar de sublimes danzas y ombligo de la luna. En el núcleo del contexto histórico, se trata del pleonasmo, de la tautología: es la historia de la historia, la historia en estado puro. Esta multiplicidad simbólica en perfecta correspondencia con la figura autofágica del aborigen prehispánico muestra en la imposibilidad de su argumentación el espíritu persistente de sí mismo, la imagen que no puede morir. Nace, aquí, hoy como hace miles de años, la sangre del Mictlán. El lugar del Mictlán.

 

[1] "¡Oh hombre, pon atención! ¿Qué dice la profunda medianoche? ¡Yo dormía, yo dormía! En muy profundo sueño despierto estoy. El mundo es profundo, y tan profundo como el día recuerda. Vaya que es profundo. Placer: tan profundo como un doler de corazón. Vaya que habla: ¡Se ha ido! Mas el placer busca eternidad, busca profunda, profunda eternidad." - F. Nietzsche, Así habló Zaratustra.

[2]Escritos de los Vedas.

[3] Hay que hacer aquí una aclaración: mientras el español veía en el mesoamericano –como en el aridoamericano- a un caníbal por comer miembros u órganos humanos, estos veían en aquél a un caníbal por comer carne y beber sangre, con mayor razón por tratarse de su dios.